Ana, primer instante de la mañana más amarilla
¿Ana? No existe
Ana no es Ana

(Vida del Ahorcado - Pablo Palacio)

Tema.- m. Trozo pequeño de una composición, con arreglo al cual se desarrolla el resto de ella y, a veces, la composición entera.
Idea fija que suelen tener los dementes.

Ya estaban acostumbrados a verlo con los ojos enrojecidos y el cabello desordenado, deambulando con gesto de estupor, siempre como si fuese la primera vez que se encontraba con cada una de las cosas. Caminó desde la puerta, doce pasos cortos según contó Ili-Ana, hasta el ventanal de la pared del otro extremo. Ocho cristales limpios se encuadraban en el armazón nuevo de madera, y del otro lado se veía la pared humedecida del edificio de enfrente. “¿Cómo definir las características que diferencian un objeto fractal de otro que no lo es? ¿Qué objetos pueden ser entendidos como un ensamblaje de fractales más simples?”, preguntó. Silencio. “Las lecturas son obligatorias. A propósito, todavía no hemos escogido a nuestro ayudante esta semana”, sonrió.
Marcos, luego de descruzar los brazos para contener un bostezo, balbuceó algo en el oído de
Ili-Ana, sentada a su izquierda. Ella se comportó como si no lo hubiera escuchado.
El Dr. Valii se colocó los lentes que tenía en uno de los bolsillos del suéter y sacó un libro de la gaveta de su escritorio, emplazado en medio de la sala. “Los fractales son auto semejantes
-comenzó, con la mirada sobre el papel-, es decir, tienen la propiedad de que una pequeña sección puede ser vista como una reproducción a menor escala de todo el fractal”. Observó a sus alumnos intentando reconocerlos, uno por uno, por pares, en filas, en grupo. “¿De qué clase de fractales estoy hablando…?” Marcos intentó acercarse de nuevo a Ili-Ana para hacer uno de sus comentarios, pero esta vez, la silla chirrió. Valii buscó con la vista el origen del molesto ruido y, al ubicarlo, encontró una réplica de sí mismo treinta y un años más joven. Marcos, con la sonrisa interrumpida por la sospecha de estar siendo observado, levantó la vista y se sintió descubierto. Supo que esa semana, le tocaba el turno a él.
El Dr. Valii acostumbraba elegir un asistente detector de mentiras cada siete días. Su labor consistía en evitar que sus compañeros acabasen tomando por cierta alguna de las afirmaciones que Valii endilgaba en broma, pero que bien podía ser tomada en serio por un auditorio ignorante de las vidas amorosas de Arquímedes o Diofante, de los libros que Fibonacci leyó en su infancia o de los extraños cultos que casualmente surgieron después de la muerte de Fermat. Encontraba divertido tomarles el pelo a sus jóvenes estudiantes, pero mucho más le entretenía elegir a un despistado cualquiera y obligarlo a cargar sobre sus hombros el peso de las bajas calificaciones de sus pares: al término de la semana, una evaluación sobre cada uno de los puntos tratados los días anteriores sería la medida final de su eficiencia inquisidora. La clase de Historia de la Matemática era por ello singularmente atractiva para los estudiantes más ambiciosos; aprobar una clase del Dr. Valii bastaba para adjudicarles la reputación de futuros hombres de ciencia y líderes intelectuales del lado oeste. Y también lo era para Marcos Valii, no precisamente uno de los más esforzados, quien hasta ese instante había creído que su padre haría una excepción con él y le ahorraría la vergüenza de ser detector de la semana. Quizá también el Dr. Valii hubiera querido aplazar hasta el último momento la designación de Marcos, tal vez porque sabía que no daría la talla ni siquiera de asistente medianamente bueno, y porque él tampoco quería ver a su hijo vencido sin remedio en los debates que propiciaba entre sus pupilos. Aunque, eran precisamente sus alumnos quienes esperaban con paciencia el día en que Marquitos tuviera que organizar las discusiones y enfrentarse a las afirmaciones del Dr. Valii, sin otra arma que la materia gris con la que la naturaleza le había dotado pero de la cual le habían visto hacer uso muy pocas veces. Acabar con Marcos sería probablemente su única oportunidad de vengarse de las tomaduras de pelo de Valii.
Y allí estaba Marcos, encogido sobre su silla, con los ojos fijos en los de su padre y con otros dieciséis pares de ojos posados sobre él al mismo tiempo. “¿Qué clase de fractales?”, repitió el Dr. Valii, acercándose a la esquina diagonalmente opuesta a la puerta del salón, dónde desde el primer día su primogénito había planeado refundirse para no ser tomado en cuenta. Marcos estaba perdido. Había oído la lectura, pero no había entendido nada, y sabía que si se equivocaba, su fama de muchacho no muy brillante no sólo iba a acentuarse, sino que se extendería en tales dimensiones que posiblemente alcanzaría a su propio padre y ensombrecería su buen nombre. Quiso pensar en alguna excusa que le ayudara a salir bien librado de la situación, pero su habilidad inventiva se había atascado en uno de los engranajes de su cerebro unos minutos antes, cuando comprobó que Ili-Ana ya no le hablaba.

Marcos tenía el hábito de escribir. La noche anterior le mostró a Ili-Ana su más reciente relato. Lo había redactado hacía unas semanas, durante el día de su encierro con los libros de su padre. Había sentido un angustioso interés por aprender y llenar su cabeza de cuanto conocimiento poseía el Dr. Valii, pero después de leer un par de capítulos del primer y único libro que abrió, no consiguió sino dejarse llevar por sus pensamientos. Las ideas atravesaron su cabeza en zig zag y las apuntó tal como llegaban, y mientras escribía pensaba en que tenía mucho más por decir, acelerando el movimiento de sus dedos, y el rostro relajado pero impresionante del Dr. Valii aparecía acompañando las palabras.
Por lo general, Marcos veía el futuro como un tiempo sin duda más triste, en el cual perdía todas las cosas buenas que encontraba en el presente. Solía imaginarse a sí mismo muchos años después, solo, sentado sobre un tronco en medio de la nieve de un país nórdico. Llevaría un abrigo marrón y frotaría sus manos para calentarse, y por su memoria atravesaría Ili-Ana con sus ojos devoradores de papel. La perdería por un malentendido, y nunca podría recobrar su amistad ni tampoco volver a su casa. Copos de nieve enfriaban su cabello, y él se encogía apoyando la frente sobre las rodillas y le pedía a la Ili-Ana de sus recuerdos que no lo dejara. Inmediatamente después, abandonaba este pensamiento casi sin darse cuenta de que lo había pensado, y se dedicaba a seguir haciendo lo que fuera que hubiera tenido que hacer, más ansioso y sombrío.
Al final del día, terminados unos párrafos de su historia, tuvo la certeza de que el personaje que había creado durante esas horas necesitaba crecer, y entendió que aquello que había escrito era un borrador incompleto. Decidió que no volvería a tocar ese texto hasta que pudiera olvidarse de él, pero antes de abandonarlo le puso un título. “Ana”:

Yo quería abrirme a mí mismo y ver qué había dentro, desgarrarme y observar finalmente la sangre latiendo debajo de mi piel, que crujiría como una manzana que es mordida cuando con mis dedos y los suyos la abriéramos para ver la vida adentro de mí. La vida descubierta con ella. Su cuerpo pálido y suave estaría abrigado con telas rayadas y ella me hablaría como siempre de las historias que querría montar conmigo, yo el protagonista, yo corriendo hasta ella y cayendo a su lado casi muerto sobre el pasto amarillo. Y después me sentaría junto a ella para contarle mi pena, la de esos libros, y haría un agujero en la pared para escondernos ahí, solos, con la luz de los fósforos que ella secretamente habría guardado en sus bolsillos, y entonces yo desdoblaría mis papeles del centro de mi pecho, abriría las hojas de líneas, blancas, y pondría aquel gesto que a ella tanto le gustaba y le leería lo que escribí, y Ana abriría su boca rojísima y yo la mía.

Ili-Ana leyó hasta esa línea y se detuvo un momento, sosteniendo el relato en sus manos. Las dos ocasiones anteriores en que Marcos le había dado sus cuentos, ella se había asegurado de sacar cuatro fotocopias y guardarlas debajo de su colchón. En cuanto se quedaba dormida, envuelta en las mantas se deslizaba diagonalmente hasta alcanzar el piso, incapaz, en su inconciencia, de echar a perder el texto con el peso de su cuerpo durante toda la noche. Pero esta vez no conservaría copias.
Ili-Ana creía firmemente que lo único absolutamente real era ella. Todos los demás, todo lo que leía y olía y quería, podía o no ser producto de su propio infinito ser. Todo podía haber nacido de ella, nada podría existir fuera de ella y todo lo que veía y oía y sentía bien podía ser sólo un trozo de sí misma. El comportamiento de los otros seres parecidos a ella, podría ser explicado si se los tomaba como personajes de una gran puesta en escena que su inagotable imaginación creara sólo para su propio placer. Estaba sola desde la primera vez que había abierto los ojos y, aunque había vivido momentos de verdadera felicidad en la aparente compañía de otros, casi había llegado a concluir que esos seres que se le asemejaban eran sólo inventos que ella misma iba construyendo en el presente, o recuerdos de creaciones pasadas que despertaban en su memoria.
Dudando de que fuera suyo el todopoderoso índice que señalaba el destino de los que aparentemente existían, Ili-Ana atravesó un periodo que llamó su “concienciación de lo irreal”. En ese lapso, puso a prueba la verosimilitud de las acciones de los hombres y mujeres a su alrededor, de las definiciones que todos daban por sentadas e inclusive de sus propios pensamientos. Las palabras de los otros, que no podía prever y que a veces le sorprendían, las clasificó como manifestaciones de su inconciente, es decir, revelaciones de su propia verdad interior en forma de personas que se le parecían pero que no eran ella. En este punto, empezó a cuestionarse si acaso los otros realmente existían como entes separados de sí misma, cada uno con su propia realidad indescifrable, y si no era posible que de algún modo estuvieran unidos entre sí por un cordel invisible que los compactaba en un único y sólido ser. Descartó esta teoría porque, se dijo, nunca podría probar que compartía con esos otros algo más que la apariencia y ciertos códigos. Códigos que, de cualquier modo, también podían haber sido creados por su mente y haberse replicado en los otros que se le parecían pero que no eran ella.
En cuanto a las leyes y los acuerdos tácitos que parecían facilitar su coexistencia con los otros, concluyó que provenían de su misma inagotable fuente interna. Enseguida notó que le faltaban argumentos para respaldar esta teoría de la sabiduría interior, y se dio cuenta de que le era imposible no rebatir sus propias conclusiones.
Empezó a entrenar la facultad de seguir sus propios pensamientos, desarrollando una técnica mental que –aunque reconocía como restrictiva en tanto jamás le permitiría darse cuenta de que se estaba dando cuenta– le ayudaba a cazar las pequeñas incoherencias de su pensamiento, y a ordenarlo en una secuencia rígida que tenía que repetir siempre cuatro veces para no olvidar. Fueron difíciles las primeras semanas de implementación de este método, pues estaba tan concentrada en aprender la lógica de esta nueva manera de pensar, que dejó de observar a los otros seres que se le asemejaban pero que no eran ella. Cuando volvió a prestarles atención, le pareció que se estaban comportando como si tuvieran vida propia, que actuaban con libertad y que parecían no necesitar que ella planeara cada una de sus actividades. Decidió observarlos con mayor cuidado: aún creía que ella misma era lo único de cuya existencia podía estar totalmente segura, y se figuró que la aparente emancipación de los otros se originaba en alguna parte oscura de su mente que había quedado fuera de su autoanálisis. Mirar a los otros dejó se ser un espectáculo, y se convirtió en su manera de encontrar esa parte olvidada de sí misma.

Se encontraba en ese periodo cuando Marcos le dio por primera vez uno de sus escritos. No habían sido muy amigos, y aunque la falta de confianza hizo que Marcos dudara de contarle de la existencia de sus cuentos, al final fue esa misma distancia la que le convenció de mostrárselos. Desde entonces hablaron mucho todo los días, especialmente ella, que deseaba conocer con profundidad las motivaciones del otro. Le hacía toda clase de preguntas que él respondía con frases fácilmente predecibles, pero no le contaba casi nada sobre sí misma ni sobre las cosas que realmente pensaba. Después de leer los primeros dos textos, Ili-Ana catalogó a Marcos como otra de sus creaciones, una caricatura en construcción que poseía la rara virtud de reconocer su naturaleza ficticia: él escribía siempre en primera persona, contando acciones y sentimientos que lo revelaban como un ser inventado, alguien que necesariamente tenía que surgir de alguien más. Ili-Ana se sintió orgullosa de haberlo creado, no había otra explicación para un personaje que le recordaba tanto a sí misma. Estaba convencida de que Marcos le pertenecía hasta el momento en que leyó el nuevo relato y sus dudas acerca de su dominio sobre él empezaron a desbordarse:


Y nuestros labios se apartarían entre sí un montón, casi como una claqueta de las que usan en el cine para separar las escenas y permitir el ingreso de nuevos personajes -esos que ella tanto ama- y nuestros labios estarían en realidad ocupando el espacio que le correspondería a los del otro, bocas abiertas y gigantes como las fauces de los lobos, del lobo de mi cuento segundo. Y al fin lograríamos juntar solo las puntas de nuestros labios, doloridos de tanto moverse sin encontrarse, y sería un roce casi imperceptible. Y yo, que querría más y más con ella, entonces pasearía mi lengua sobre sus dientes superiores, tan caliente mi cuerpo y sudoroso, y sus ojos seguirían cerrados, y yo le diría Ana, despacio, los dos metidos en el agujero de la pared de ladrillos, ella con su mano cubriendo el orificio para que la luz no penetrara y yo sosteniendo el fósforo prendido en su mano, junto a mi pecho todo el tiempo, sin quemarnos.

Ili-Ana devolvió las hojas y se rascó cuatro veces la quijada con la punta de su dedo índice.
Habían transcurrido ocho semanas desde que decidió observar a los demás de nuevo, y todavía no encontraba el punto en que su mente había dejado de comandar el mundo y las acciones de los otros. Llegó a pensar que quizá su técnica había empezado a resquebrajarse por haberla concebido restrictiva, pero creyó que podía revertir sus efectos e inclusive bosquejar una nueva. Pero la nueva historia de Marcos le hizo reconsiderarlo.

El Dr. Valii observó con los ojos secos a su hijo. –“¿Pueden abrir el libro y darle una mano?”, inquirió a sus otros alumnos. Iliana buscó con rapidez en la sección de Matemáticas Modernas.

La idea de fractal, concebida por B.M. Mandelbrot en 1975, ha permitido importantes progresos en el estudio de fenómenos irregulares.
Los fractales lineales son estrictamente similares a sí mismos, es decir, un pequeño fragmento de cualquiera de ellos contiene una figura que, con la ampliación adecuada, es idéntica al objeto completo

Guardó silencio. El día anterior, se había sentido aludida por “Ana”, y pensó que Marcos la había convertido a ella en la protagonista de su ficción. Apenas terminó de leer el relato, le invadieron terribles dudas sobre la verdadera naturaleza de Marcos. Si antes había pensado que la autonomía creativa de Marcos era un signo más de su poder sobre los otros, había algo en el nuevo texto que la hizo cuestionar esta idea. Parecía que Marcos había conseguido pensar por sí mismo asuntos que a ella nunca se le hubieran ocurrido, que poseía un poder similar al suyo, creador de vidas. Creador de Ana. Espectador de Ana. Todopoderoso conocedor de sensaciones, dueño de deseos que Iliana estaba interesada en sentir y suscitar.
La plausibilidad aterradora de esa nueva perspectiva la mareó. Después de esforzarse tanto por perfeccionar su técnica mental, no podía quedar espacio en su cabeza para admitir que quizá había que dar vuelta atrás y repensar no sólo el método sino el proceso con el cual se formulaba el método. Ya no tenía fuerzas para establecer una nueva técnica. El miedo a la incertidumbre la estremeció. Olvidar. Dolor de cabeza. Retornar al punto en que Marcos no era más que una cáscara indudablemente conducida por una inteligencia superior. Volver al momento en que concibió a Marcos sólo como un personaje mal dibujado, un boceto prometedor cuya complejidad la enorgullecía. Volver a pensar en ello para olvidar el miedo, repensar sólo esa parte para no tener que rediseñar el método ya conocido, la técnica infalible, la vida ya organizada. Repensarlo de este modo: Marcos escribía como si hubiera sabido lo que ella quería que él escribiera. Aquella historia reflejaba sus anhelos ocultos. Ella era Ana, y cada pedazo de letra resonaba en perfecta armonía con los deseos de Iliana porque su mundo interior se repetía en cada uno de sus personajes, Marcos incluido. Él conocía sus deseos porque, definitivamente, Iliana lo había creado. Era claro que Marcos -y todos los demás- dependían de ella. El mundo dependía de ella. Iliana se vio como la creadora del universo y de todo lo que existía en él. Marcos era la prueba, Marcos, que pensaba sólo lo que ella quería que él pensara. Tranquilidad.
Consiguió olvidar que por un momento temió ser igual a los otros, que casi tuvo que admitir que no podía controlar a los demás y que todos andaban a la deriva y desconectados, ella una pequeña parte del caos fundamental. El dolor de cabeza se acentuó -pertinente- y la creadora de todas las cosas decidió, en un momento de impulsividad divina, que ya no necesitaba del rígido método lógico que había empleado hasta entonces para comprobar que ella era lo único absolutamente real. Descartándolo, podría finalmente disfrutar del espectáculo desplegado por sus creaciones, segura de que todo lo que ocurriese sería justo lo que ella deseaba conciente o inconcientemente. Se concedió la licencia de dejar de hablar con aquellos seres que se le parecían tanto porque –según ella comprendía- eran ella misma. Entendió, antes de perderse en el éxtasis de la pura observación del momento presente, que ya no le hacía falta volver a hablar. Y, absorta en su razonamiento, cerró la boca.

Marcos quería que Iliana demostrara interés en ayudarlo. Que no permitiera que fuera tan notoria su falta de inteligencia y su escasa concentración, ya no por sus compañeros sino por Valii, quien comprobaría una vez más que su hijo carecía de talento. Aunque podía prever que ella no lo haría, porque la noche anterior le devolvió su manuscrito sin pedirle una copia y permaneció en silencio, impenetrable como casi siempre, sin siquiera decirle adiós cuando se bajó del taxi. Durante las horas que siguieron, en la madrugada, había estado pensando en la silenciosa compañía de Iliana y en las razones que pudieron molestarla tanto que su lengua se había detenido de pronto. Marcos consideraba a Iliana su mejor amiga, pero había decidido no escribir nunca sobre ella para no enredarla en las sensaciones que encontraba cuando escribía. Una vez pensó que la concentración con que Iliana lo escuchaba y veía señalaba los verdaderos sentimientos que ella tenía hacia él en su interior, aunque enseguida se dijo que el intenso interés de su amiga por conocerlo era un rasgo más de su personalidad obsesiva. Era difícil conversar con Iliana, difícil hablarle de sí mismo al principio, hasta que dejó de evadir el tema del Dr. Valii. Entonces le contó de la meta sobreentendida de convertirse en experto de alguna lengua muerta, de Física Aplicada a cualquier otra ciencia o de Historia de las Matemáticas -como su padre- que se le había inculcado con paciencia a la par que se le enseñaba a leer y escribir. Y le contó de su hermana Iris, que estudiaba Latín en Oslo, y que siempre le invitaba a visitarla en las vacaciones porque ella no planeaba volver. Marcos sentía que la presencia de su padre era como una gran bola de pelusa que lo aplastaba a él y a su hermana, con suavidad, como una pelota de piel humana que los envolvía cada vez que pasaba por encima de ellos y que poco a poco los estaba absorbiendo. Iliana escuchó. Con los ojos abiertos y la expresión rígida, parecía comprender su mediocridad como resultado del no saber manejar sus propias habilidades, paralizado por la presencia del Dr. Valii. Iliana parecía comprender que él había sido una víctima de las expectativas y presiones de su familia, Iliana era egocéntrica a veces, pero sí que se podía hablar con ella, Iliana era temática pero cada día parecía serlo un poco menos, Iliana se fue pareciendo en su mente cada día más a otra que no era Iliana, y pensarla de este modo nuevo le hizo sentir complacido e impaciente.

Y de inmediato sintió en él la angustia de estar perdiendo a Iliana -tal como en su fantasía- por un malentendido. Entonces, casi sin darse cuenta, algo en su mente se encendió y razonó independientemente de él de la siguiente manera: si iba a perder a Iliana y a lamentarlo algún día sentado sobre un tronco en el patio de la casa de Iris, lo que correspondía ahora era empezar a crear los motivos por los cuales extrañar a Iliana, y tratar de estar lo más cerca de ella para memorizar el aspecto exacto de los ojos que había programado evocar.
Intentó explicar el silencio de Iliana en el taxi aduciendo que eran celos lo que ella había sentido después de leer la historia de Ana. Ella, la heroína de su cuento, era la cajera de la papelería donde hacía algunas semanas compraba papel blanco y lápices de grafito. Marcos confiaba en Iliana, pero había decidido no hablarle de Ana hasta que lograra empezar algo con ella. Luego de que Ana rechazara sus invitaciones un par de veces, se sintió frustrado y compuso aquella historia. Ahora que entendía que no había lugar para guardar más esperanzas, pensó que había llegado el momento de compartirlo con Iliana. Pero ella había cerrado su boca inmediatamente después de leerlo, y él confundió el silencio conclusivo de Iliana con su habitual gesto de fascinación, y lo interpretó definitivamente como la demostración de un amor que él no había querido ver. Esa era la Iliana de su mente.
Se le ocurrió que en cuanto saliera de la clase la llevaría a los jardines y le contaría toda la historia de Ana, cuidando que su relato tuviera un principio claro y un final circular, tal como a Iliana le gustaba, y luego le diría que él también estaba fascinado por ella, por su silencio y su fijación con ciertos temas, y que le gustaba mucho saber que ella gustaba de él, no, eso quizá no se lo diría. Y sabía que a medida que él fuese contándole a Iliana estos nuevos sentimientos, seguramente podría ver en ella lo mismo que había hallado en Ana. Le diría a Iliana que Ana no era más que una proyección de su mente. Y después de decírselo, Iliana seguramente volvería a hablarle con aquella ansiedad habitual en su voz, y le confirmaría que él había leído su mente. Y ambos se reirían, y Ana sería posible al fin.

Aunque en ese momento, todavía en el salón de clases, Iliana no hacía ningún esfuerzo por ayudarlo a salir del atolladero. Marcos sabía que todos tenían la respuesta, incluida ella, pero nadie intentó acabar con la tensión del momento diciéndosela a su padre. “Parece que esta semana te toca a ti”, dijo sonriente el Dr. Valii. Caminó de espaldas hasta su escritorio y guardó el libro. Con los lentes apretándole el tabique y los ojos sobre su auditorio, empezó a hablar acerca de la infancia retraída de Mandelbrot y sus posteriores dificultades reproductivas, intercalando datos vergonzantes sobre su vida conyugal, junto con algunas de las ideas que influenciaron sus estudios de geometría y su posterior teoría de los fractales.
Fue evidente para todos que Marcos nunca lograría corregirle. Faltaban casi cuarenta minutos para que la clase terminara. Y la semana apenas comenzaba.

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