Yo quería abrirme a mí mismo y ver qué había dentro, desgarrarme y observar finalmente la sangre latiendo debajo de mi piel, que crujiría como una manzana que es mordida, cuando con mis dedos y los suyos la abriéramos para ver la vida adentro de mí. La vida descubierta con ella. Su cuerpo pálido y suave estaría abrigado por telas rayadas y ella me hablaría como siempre de las historias que querría montar conmigo, yo el protagonista, yo corriendo hasta ella y cayendo a su lado casi muerto sobre el pasto amarillo. Y después, me sentaría a su lado para contarle mi pena, la de esos libros, y haría un agujero en la pared para escondernos ahí, los dos solos con la luz de los fósforos que ella secretamente habría guardado en sus bolsillos. Yo desdoblaría los papeles guardados en el centro de mi pecho, abriría las hojas de líneas, blancas, y pondría aquel gesto que a ella tanto le gustaba y le leería lo que escribí, y Ana abriría su boca rojísima y yo la mía.
Y nuestros labios se abrirían un montón, cada boca como una claqueta de las que usan en el cine para separar las escenas y permitir el ingreso de nuevos personajes -esos que ella tanto ama. Nuestros labios estarían enfrentándose, los unos ocupando el espacio que le correspondería a los del otro, bocas abiertas y gigantes como las fauces de los lobos, del lobo de mi cuento segundo. Y al fin, en un roce casi imperceptible, lograríamos juntar nuestros labios doloridos de tanto moverse sin encontrarse. Y yo, que querría más y más con ella, pasearía mi lengua sobre sus dientes superiores, tan caliente mi cuerpo y sudoroso, y sus ojos seguirían cerrados. Y yo, yo le diría “Ana”, despacio, los dos metidos en el agujero de la pared de ladrillos, ella con su mano cubriendo el orificio para que la luz no penetrara y yo sosteniendo el fósforo prendido en su mano, junto a mi pecho todo el tiempo, sin quemarnos.
haches y/o ces, los que me gustanNovember 9, 2005 3:20 am

