Que estamos perdidas, Anla, que se me va acabando el aliento primero y que al levantarme, a veces, me olvido de ti. Que nos hemos perdido, Anla, y que es tan cierto que para vivir necesito verte haciendo el amor conmigo y darte dos besos en la espalda, mientras dejo que el dolor que no entiendo me produzca calambres en las piernas y me paralice. Nuestra cama es angosta, fresca, el balcón tiene vista a la copa de un árbol que acoge a tres pájaros negros. Que cuando te beso, Anla, me doy permiso de sentir mi dolor y el tuyo, que el gusto de esta saliva acedada pone mis pies en la tierra y me enfrenta a un sabor desconocido en mí. Mira esto, Anla, ahora no soy capaz de escribir otra cosa que streams of conciousness, he perdido las metáforas. No sé escribir, Anla. Solo sé sentir tu respiración a través del pelo de mis senos, sólo puedo imaginar que las dos nos queremos en un espacio donde tú estas en paz con mi amor y yo con el tuyo, donde yo puedo amarte a ti y a todos los hombres del mundo debajo del puente donde al fin murió Telma. Que ella era todo lo que yo quería; que la perdí, que está presente sólo como un cuadro encima de mi cama, el del dibujo del pájaro que quiere tragarse la mariposa de mi ojo derecho. Que se me va acabando el aliento, Anla, que para saber si soy virgen Ella, esa chica, me pregunta si actuar se siente como un orgasmo, que Ella me dice que tengo lindos-ojos-y-aretes, y que por eso a Ella quise darle un beso y dos. Ella estrambótica. ¿Mujer? Casi la hemos perdido, Anla, se me va acabando el aliento. Los pájaros miran, tengo vergüenza. Primero te abrazo y luego tú me acaricias los párpados. Primero te beso en mi cuarto. Primero abrazarte. En mi cama, Anla, en mi cama estás tú, omnipresente en mi cuarto interior. Los pájaros te observan, sólo ellos.
Cuando Ella, la chica ¿mujer?, abra esta puerta, quisiera que nos encontrara a ti y a mi acariciándonos sobre mi mesa de fibra de vidrio. Cuando Ella abra la puerta se me acabará el aliento. Besar la almohada. Gritar al revés intentando un silencio que lastima la garganta, contigo en mi cuarto interior para siempre. Cuando Ella abra la puerta me encontrará perdida en un beso. Y afuera, revoloteando, unas cuantas plumas negras.
Frankie is a fluff who wants to explode my house. To explode my house. To explode it. She bends and, under my table, she grabs the fabrics that wrap my body and laughs. And she floats, Frankie wants to be a boy, she shrugs, she skips. Frankie does not belong to me. Carson put her in her box and I borrowed Frankie from her. If she finds out, if she knows that I poked her box, then maybe she will want to beat me up. Furious Frankie, furious Carson, she posted her best drawings in the walls of her house. It happens that when the day ends, Carson sits down to listen to the trumpet lessons of her friends outside her box-and-house, and leaves Frankie to rest in the hammock that the grains of dust make for her among their bodies. And Frankie stays, very still, lethargic in the space that the particles make for her, and she does not ever move, but the clock that she has lost into her fibers keeps running, and it tells her
that Carson has closed her eyes and is only looking for sounds
that the grains of dust are old, dead carcasses, spectrums
And Frankie lets her clock accelerate, and she vibes, and like Carson, she only cares about the beating of her inner musical clock hands. Her clock is no longer a clock, it is the drawing of a bomb that Carson posted in the wall to signal the north of her box-and-house. And Frankie gets up, the bones of the spectrum-dead-carcass dust disintegrate. Frankie has a bomb in her chest, and I uncover Carson’s box-and-house and Frankie jumps and laughs and hides between my legs. Fluff. Carson disintegrates in the dust of the little squares of sound of the trumpet, a trumpet she did not see for she was very still: particles of a girl who deep inside wanted to be a boy. Now Frankie explodes my house.
And I tell
Yo quería abrirme a mí mismo y ver qué había dentro, desgarrarme y observar finalmente la sangre latiendo debajo de mi piel, que crujiría como una manzana que es mordida, cuando con mis dedos y los suyos la abriéramos para ver la vida adentro de mí. La vida descubierta con ella. Su cuerpo pálido y suave estaría abrigado por telas rayadas y ella me hablaría como siempre de las historias que querría montar conmigo, yo el protagonista, yo corriendo hasta ella y cayendo a su lado casi muerto sobre el pasto amarillo. Y después, me sentaría a su lado para contarle mi pena, la de esos libros, y haría un agujero en la pared para escondernos ahí, los dos solos con la luz de los fósforos que ella secretamente habría guardado en sus bolsillos. Yo desdoblaría los papeles guardados en el centro de mi pecho, abriría las hojas de líneas, blancas, y pondría aquel gesto que a ella tanto le gustaba y le leería lo que escribí, y Ana abriría su boca rojísima y yo la mía.
Y nuestros labios se abrirían un montón, cada boca como una claqueta de las que usan en el cine para separar las escenas y permitir el ingreso de nuevos personajes -esos que ella tanto ama. Nuestros labios estarían enfrentándose, los unos ocupando el espacio que le correspondería a los del otro, bocas abiertas y gigantes como las fauces de los lobos, del lobo de mi cuento segundo. Y al fin, en un roce casi imperceptible, lograríamos juntar nuestros labios doloridos de tanto moverse sin encontrarse. Y yo, que querría más y más con ella, pasearía mi lengua sobre sus dientes superiores, tan caliente mi cuerpo y sudoroso, y sus ojos seguirían cerrados. Y yo, yo le diría “Ana”, despacio, los dos metidos en el agujero de la pared de ladrillos, ella con su mano cubriendo el orificio para que la luz no penetrara y yo sosteniendo el fósforo prendido en su mano, junto a mi pecho todo el tiempo, sin quemarnos.

