-Tía Lila, ¿qué es el horizonte?
Tía Lila me respondió primero con un suspiro. Sacó un balde lleno de agua del tanque de latón del patio y se inclinó sobre él para lavarse la cara como si hubiera estado muy sucia. Después dijo:
- Es el borde de las cosas.
Se quitó la blusa mojada y el sostén, y entró a la casa a buscar ropa seca. A veces no se ponía nada durante horas, y andaba con las tetas blancas bamboleándose como si quisieran despegarse de su pecho. Yo entré detrás de ella. Me senté sobre la alfombra de la sala, justo en la parte que iluminaban los rayos del sol que atravesaban los cristales de la ventana. La miré alejarse por el corredor hasta que ya no pude distinguir su silueta de las sombras de los aparadores del fondo. Su imagen se fundía con todo lo demás en mi cabeza.
- ¿Por qué tienes senos, tía Lila?
- Di tetas, mijita.
No importó que no contestara mi pregunta. Para saber que seguía siendo ella aún en medio de la oscuridad me bastaba con oír su voz; esa voz que llegaría a pertenecerme algún día y que desde el fondo del zaguán me arrullaba roncamente: “Duerme, duerme negrita…”

- Tu abuela ha muerto- me anunció tía Lila esa tarde, mientras me ayudaba a levantarme del piso de la sala donde me había quedado dormida. Me sentó junto a ella en el sillón más grande y me abrazó mientras yo todavía soñaba. Y en mi sueño, yo estaba en el corredor de la casa y ya era una adulta gorda y parsimoniosa como tía Lila, pero cuando vi mi pecho no encontré mis senos. Entonces lloré, y la oscuridad y las sombras se volvieron de un color sepia incomprensible. Entré al cuarto de mi tía, ella estaba sentada de espaldas al espejo de su armario con el torso desnudo y una falda color verde que quemaba los ojos. Le dije:
-Tía Lila, ¡para ser cómo tú solo me faltan las tetas!
Ella se rió, sacando un enorme cuchillo de carnicero con punta de tiza de entre sus dientes amarillos, y me lo dio para que yo delimitara su silueta en el espejo.
- Esa línea es mi horizonte, mijita- dijo mientras se ponía de pie y buscaba un sostén en los cajones del armario.

- Y ¿dónde está la abuela?- pregunté cuando sentí el abrazo de tía más fuerte y desperté completamente en medio de la penumbra de las seis de la tarde.
Tía empezó a sollozar. Se cubrió la cara con las manos y me ordenó que fuera a su cuarto. Con los brazos extendidos para no tropezar, caminé en busca de su habitación, pero antes de que lograra encontrar la puerta, sus pasos retumbaron sobre el entablado. Traía una vela encendida que su respiración agitada amenazaba con apagar. Abrió la cerradura y colocó el candelabro sobre su cómoda, me tomó en sus brazos y me metió en su cama sin quitarme los zapatos.
- Ahora voy a ver a mamá. Duerme bastante, mañana tú también irás al cementerio.
Buscó en el armario un chal negro y se lo puso antes de salir. La escuché revolviendo cajones en otro cuarto, pero no conseguí dormir hasta que recordé que tía Lila nunca vistió de verde en su vida.
Abrí los ojos con la luz del día siguiente. Sabía que la abuela estaba muerta y pensé que tía había ido a su entierro. Estuve acostada largo rato, sintiendo que un nido de arañas se tejía en mi garganta sin que yo pudiera toser lo suficiente para expulsarlas, hasta que escuché un chorro de agua derramándose en el baño. Me alegró suponer que era tía Lila bañándose y salté de la cama quitándome el vestido de flores doradas en mi camino a su encuentro.
Cuando entré al cuarto donde guardábamos las toallas y los jabones, vi a tía Lila sumergida hasta el cuello en una tina llena de un líquido rojo. Sus ojos me miraron sin decir nada. Yo me quité los zapatos y los calcetines blancos para meterme con ella en el agua. Porque tenía que ser agua, sólo agua de un color alegre que tía hubiera preparado para aliviar su dolor, agua, no sangre, no su sangre. Agua.
Me acerqué a la tina y metí mis pies uno por uno. Mi tía seguía mis movimientos con los ojos anémicos. Me sumergí a su lado y apoyé mi cabeza en su hombro.
Su respiración era suave, casi imperceptible, casi nula. La abracé y quise preguntarle si la abuela estaba enterrada, pero mi voz, ya ronca, se enredó en las telarañas de mi garganta y no pude decir nada. Pensé que no era necesario molestar a tía Lila con preguntas, y me aferré a su cuerpo desnudo con más fuerza, entendiendo que el horizonte que me separaba de ella iba desapareciendo a medida que yo me hundía en el agua salada de la tina.
Bajo el agua, los contornos no existían y nada podía impedir que yo me convirtiese en tía Lila y poseyera sus recuerdos y su dolor y sus grandes grandes senos. Y bajo el agua, resolví que me quedaría en el fondo hasta que mi tía decidiera que ya era hora de levantarse y secar nuestro cuerpo.
Hasta que tía Lila decidiera.