Hoy falté a todas las clases. Al fin y al cabo, no vine aquí a estudiar, sino a .
He terminado un texto pendiente. El mundo cada vez me parece más redondo, más viscoso. No un sólo mundo, las burbujas de cada esfera brillan verdosas entre mis manos y chorrean, se resbala el material, líquido derramado en mi cerebro y yo canto, o hago que canto. Nunca mis historias están terminadas. Es verdad que después de un cierto tiempo se me olvida que las escribí y entonces ya no soy la persona apropiada para corregirlas, y se quedan así, muñecas a medio rellenar en mi casa de escombros sin luces donde, hace un tiempo ya, nunca es de noche. Muñecas, juguetes, palabras que ya no son yo. Que en primer lugar nunca fueron yo, ni siquiera un pedazo, solo una foto tomada desde cierta distancia. La imagen la capturo desde el interior. Para definirla, me convierto en una neblina transparente que se apropia de los cuerpos inventados que viven en las fotos que tomo, y que cuento en forma de historias. Mis ojos son los de ellos, y cuento con su propia voz y su propio conocimiento. Yo soy ellos cuando los cuento. No Maccullers. Ella se queda a la mitad, observando, sin embeberse en la burbuja verde viscosa que rodea a cada muñeca. Ella no se embadurna, aunque procura que los ojos de quien lee se humedezcan con la mucosa vital de los seres que lee. Pero Carson ya esta muerta y yo no soy ella. Ni Anais. Mi Anais esta viva pero me rompió el corazón. Ella está lejos, vive en las honduras a las que yo tanto les temo, vive en soledad y sale a veces, tristísima, y se mezcla con los otros y hace que la amen, pero nunca se queda. El fondo del abismo es su lugar preferido, y yo la entiendo. La envidio. Por supuesto no se llama Anais. Por supuesto es una mujer de carne y hueso que amo profundamente pero que nunca estará conmigo. Porque nació mucho antes, porque es más sabia y más bella y más triste. Pero es su soledad lo que yo amo, y eso es algo que yo aún conservo en mí pero que aún no aprendo a manejar. Así, la soledad es eso que me acerca a Anais y sus ojos verdes distantes, que viven en la oscuridad y la luz de sus textos. Lejana. La llamo Anais porque el nombre me recuerda a la otra, a la de Miller, y a veces, leyendo los diarios de esa otra, he encontrado mis propios temas.”Anais”, el nombre, es entonces un nexo que yo he inventado para acercar a la Anais de carne y hueso a mí misma un poco más. Que no se llama Anais, no no no, pero que yo la llamo Anais porque es sencillamente muy vergonzoso amar a alguien que nunca volteara la mirada para reconocerle a uno. Anais. Y aún aquí hay un poco de vergüenza en el aire. Flotando. Amor sublimado. Que no es amor. Solo la certeza de querer alcanzarla allí donde ella vive, descalza. De conocer la burbuja de sus ojos. La que ven sus ojos. De crear la mía propia. Y la pena. El dolor de saberme cada vez más lejos, estoy en busca del fondo de un abismo nuevo, mi vida en la que me he empecinado en llegar hasta el fondo de innumerables agujeros. Hasta el fondo. Hurgar y sacar la tierra y trabajar con mi pala cabeza de muñeca hasta llegar al núcleo, al centro que arde, y comprobar que la burbuja ha sido en realidad solo el vestido de un mundo real, palpable. Estoy cavando un nuevo nicho. Profundo. Solo el recuerdo de Anais me sostiene en este esfuerzo, Anais Monstruo y Carson Frankie Mick y mi alma magullada pero viva. Mis dolores son menos pero mi curiosidad es más grande. Nada me duele, pero haber empezado a escarbar en esta nueva tierra, suavecita, pantanosa, es una especie de premonición de otro hueco en el que me voy a enterrar por algún tiempo. La superficie me es accesoria. Me gusta a veces, para tomar fuerzas. Cuando estoy allí afuera busco compañía, alguien que me acompañe en el viaje. Aun no lo encuentro. Cuando estoy afuera, buscar el alma de la gente. Ahora he vuelto aquí adentro. Sigo escarbando, el sol nunca se pone. Sigo escarbando y a veces, después de leer a Anais, siento que este también fue su camino, reconozco los senderos en sus páginas, me leo a mí misma en sus textos y entonces me doy cuenta de que quizá ella es el mapa y por eso no la olvido. Marca profunda.