Sentada. Las piernas abiertas sobre el suelo. El voladito del vestido sucio, los dedos manchados de fango seco. Me abres los brazos pero no me miras. Pequeña. Te vi en el monstruo que Anaïs escribió, pero ahora que he vuelto a leerla reconozco que el suyo no es tan bello… ya no te reconozco a ti en él. El óvalo que arde en medio de mis senos se pregunta por qué el calor me asfixia pero no me mueve. Por qué le siento hervir pero no busco extinguirlo.

Deshacer la pintura en mis dedos, tomar a la chiquita en mis brazos y golpearla hasta que su cabeza, como un plátano, se estrelle contra algún rincón y se quede pegada, adherida su pulpa a la superficie. Para, entonces, quitarle la faldita de tela transparente y abrirle las rodillas. (Yo te veo a ti en la literatura). Y pintar la pechera de su vestido con las puntas de mis índices, creando remolinos simétricos justo en el hueco donde está su diafragma. La niña, con los ojos cerrados y el cerebro expuesto, intentaría pensar por un momento en el color de los trazos que yo le dibujaría en las costillas. Pero su pensamiento quedaría inconcluso, sin lograr conectarse con la definición de amarillo, guardada en la fracción del hemisferio que, fuera del cráneo, habría empezado a descomponerse.
Todavía viva. (No me llames cruel. Cruel es lo que me obligas a hacer). Me acostaría sobre ella, reposando mi tórax sobre su pubis. Leyendo su aroma, tierno sudor de lodo y agua de río, de donde la saqué el primer día. Se rió, unos dedos bajo sus axilas, y aunque quiso no se quejó por los guijarros que le abrían los talones. Volvió todos los días usando la ropa que guardaba para los ratos de felicidad. El vestido blanco de la tía Lila le quedó bien después de fruncirle la cintura. Lo vestía por las mañanas, para sumergirse en las aguas poco profundas. Yo aparecí el día en que su deseo de quedarse allí toda la vida, empapada los cabellos y los calzones, creció tanto que pudo rememorarlo. Primer recuerdo, pero la obligaron a salir de todas formas. Conservó las ganas de volver todos los días, aunque las escuchó menos seguido. Yo/ella la/me llevé/llevó conmigo. Era el tiempo de nuestro amor como iguales. Vivimos juntas.

Y oler su ombligo. Inconexo. Su fragancia, mezcla de leche y heces, me recordaría las páginas que ella me sugirió escribir cuando éramos niñas las dos. (¿Vas a quererme cuando yo no sea yo misma?). Que dirían “te quiero Anaïs, te amo porque tú eres como nosotras, porque eres una nosotras crecida”
Y estirar los brazos para alcanzar sus cabellos, salpicados de trocitos gelatinosos y escarlatas, pedazos de su masa encefálica recién expuesta. Que vibrarían en las palmas de mis manos, como luces de neón que encendiéndose tratarían de decir algo, de escribir con destellos fluorescentes su verdad en las falanges de mis dedos.

Hundo el pincel en el tarro de pintura roja. Saco una gota y la mezclo con otras dos de color blanco. No bastan para lograr el rosado de tu piel. Quiero encontrar el tono de tus brazos dorados, escondidos en las sombras. Los pinceles a un lado; caen al piso. Son mis manos las que se embadurnan de tinturas color durazno, las que arden queriendo sacarte de ese rincón y mostrar-me a ti, ahora que ya no soy contigo… Pero no me miras a los ojos. Mis senos ya están marchitos, los pezones casi rozan el suelo, y ésta es la primera oportunidad que tengo de verte desde que te encerré. He vivido sin ti porque quise ser sin tu compañía. Y traté de ser lo que solo las dos juntas, tu y yo, podíamos ser. Pero no fui. Y te extrañé, pero temí que vieras que no me he convertido en Anaïs y que mi viaje diario a la cárcel exterior no valió la pena. (Espérame mientras soy alguien más). Vergüenza. Yo traté, sola, pero supe que no sería como ella después de leer su Monstruo, que nunca se igualará a ti, porque tú me perteneces. La dejé irse a ella y a su engendro, y para que tú no lo supieras, te encerré en mi guarida.

Siento tu abrazo, en mi espalda los libros que escribiste en tu encierro. Tu voz en mi cuello me explica las historias que quieres que cuente. Pequeña, no me miras a los ojos porque has perdido los tuyos. Mojado tu traje blanco, húmedos los dedos de tus pies. No dibujaré un círculo arremolinado en medio de tu pecho. Ni te golpearé hasta matarte. Confía en mí… Te recuesto. Te quito la faldita de tela transparente y cierro tus rodillas. Reposo mi tórax sobre el tuyo. No eres el monstruo que pintó Anaïs, ni yo quiero dibujarlo. Mi dedo en tu ombligo se enciende, te parte, nos afianza. Puedes salir cuando quieras.

Don’t you call me cruel
Cruel is what you are making me do

I’m at odds with me now
Would you want me when I’m not myself?
Wait it out while I’m someone else?
-John Mayer