Si quieres a Marissa, no la encontrarás en mí.
Huelo a pastel de chocolate. El aroma sube hasta mi nariz, cierro los ojos y me acuerdo de ti. ¿Estabas nervioso? Yo intentaba no estarlo, intentaba improvisar en la marcha y construir el personaje que creía que tú deseabas que fuera.
Café en la mesa. Me contaste la historia de Marissa descubriendo a Dios (¿por ti, contigo, en ti?). Era el cuento más cursi que habías escrito pero era el que más te gustaba, me dijiste. En esa historia todas tus fantasías se materializaron: encontrabas a Marissa en la calle de una aldea remota, mientras los Stone Temple Pilots tocaban tu canción favorita y ella te miraba de frente a través de un cristal. De allí, saltabas a tus salvajes relaciones sexuales con ella; hacías que enfermara de apatía y que -teniéndote a ti como figura masculina- decidiera que creer en Dios iba a ayudarla a sentirse menos vacía.
Yo me reía por dentro. Bebía café y atacaba un empalagoso brownie con prontitud, para que las carcajadas no salieran a borbotones y arruinaran nuestra primera salida. No sé si te diste cuenta, o creíste que eran los nervios los que me hicieron cubrir la boca como si estuviera tosiendo justo cuando tú tratabas de describirme con máxima precisión a la Marissa que inventaste en tu texto: la piel de medusa, escuálida y sin sonrisa. Ofreciste mandármelo por e-mail para que lo leyera con más calma y te dijera lo que pensaba. Te dije que por supuesto, que era lo mejor porque se me había hecho tarde, que seguro iba a disfrutar mucho leyéndote.
Aunque en verdad quería quedarme y conocer más a Marissa. Así hubiera podido decirte que iba un rato al baño, utilizar ese momento para reflexionar a solas sobre sus motivaciones y regresar sintiéndome como ella. Entonces me habría sentado junto a ti para seguir atendiendo a tu historia, ya sin celos. Halagada.
Caminamos. Supongo que no teníamos más que decir. Me mirabas, ¿era tu cara de aturdimiento señal de que intuías la metamorfosis dentro de mi cabeza? Mis ideas se volvieron maleables como la gelatina, y mis ganas de reír se apagaron.
Quería pedirte tomarnos de la mano y justificar de ese modo tu silencio en la calle. Quería que Marissa fuese real, que tuvieras una foto suya en la billetera.
- Creo que sí la he visto, fue todo lo que dijiste.
En la mañana descubrí este olor en mí. Quiero hablar contigo, todavía quiero pedirte tomar tu mano, que me prestes tu cd de los Pilots y que me acompañes en este día raro en que no tengo ganas de hacer el amor.
Encuentro tu “Marissa o el origen de la fe” en mi correo. La Marissa que leo en tu texto se reúne contigo en una cafetería de la ciudad, come con deleite un pastelito negro y se burla de tu ideal femenino, sin más música de fondo que la voz destemplada de unos niños vendedores de dulces.
Quiero hablar contigo, todavía quiero decirte lo que no te dije ayer: que olvides a Marissa, que sólo existe en tu mente. Que no podrás encontrarla en mí.


Una relectura librada de cualquier carga emocional arroja luces sobre tu texto: me gusta.
R.
Comment by Roberto Ramírez — November 30, 2005 @ 4:53 pm