Ha pasado una semana desde que estamos sin ti.
Ese sábado abriste la puerta principal a las seis de la mañana, lo sé porque escuché su chirrido mezclándose con las voces de mis sueños, y enseguida, el despertador que había olvidado desconectar. Veía el cuadro que pinté cuando amaba a Telma, pero ya no tenía las mariposas ni la lluvia ni la marea dentro del ojo ni los edificios en forma de T a su alrededor. Sólo quedaba el colibrí, finalmente incrustado en la pupila, y la mariposa que antes la habitaba había desaparecido seguramente digerida en el estómago del pájaro.
Abrí los ojos y encontré la pintura colgando de la pared, intacta, todavía saturada de agua e insectos. Me levanté y me acerqué a la ventana para ver si alcanzaba a saludarte a ti o a tus papás mientras salían de tu casa, pero la puerta estaba cerrada. Pensé que tal vez el chirrido era parte del sueño del colibrí repleto de mariposa, y cerré las cortinas para desvestirme.
No te llamé ese día ni el siguiente. Cuando papá, extrañado, preguntó por qué, le respondí que quería darte espacio y dejar que vivieras sin mí unas horas, porque comprendía que verme todos los días podría abrumarte. Cuando papá preguntó, no le dije que ya me estaba cansando de tus visitas inesperadas y de la bocina de tu carro taladrando el aire cada día junto a mi portón, ni le hablé de mi disgusto conmigo misma por haberme programado para correr a la ventana cada vez que escuchaba abrirse la puerta de tu casa, aún cuando quería empezar a dejarte. Papá me creyó.
El domingo por la noche sonó el teléfono. Era tu mamá. Me preguntó si sabía dónde estabas. Dijo que te había visto por última vez el viernes por la noche, vistiendo una camiseta blanca y los boxers de gnomos que te regalé el día de los inocentes. Me acuerdo que te los di en homenaje a tu confianza, porque pensé que debía ser difícil para cualquiera de tu edad admitir que, hasta que cumplió trece años, creía que esos duendes vivían en las raíces de los árboles. Aunque reconozco que siempre te fluyeron con naturalidad las historias de una infancia de la que ya empezabas a desprenderte.
Esa noche, dijo tu mamá, te quedaste enfrascado mirando un documental. No tenías ningún plan en particular, aparte de la película que posiblemente verías el sábado conmigo durante nuestra acostumbrada tarde de videos.
Le dije que no te había visto desde el viernes por la mañana, cuando me preguntaste qué película quería ver. No le conté que yo te respondí que nada, que dejáramos descansar la pantalla de tu tele por ese fin de semana. Ni le conté que fingiste que mi comentario no te ofendió, y me preguntaste qué era lo que yo proponía hacer.
- Démonos un poco de espacio, respondí, y tú, con la sonrisa despintándose de tu cara y las cejas cada vez más juntas, me dijiste que así no era como estas cosas funcionaban, que tenía que explicarte qué iba a hacer sola, que tenía que aclararte si es que iba a estar sola, que no me moviera de ese asiento, que a dónde creía yo que iba, que no te dejara con la palabra en la boca, que esperara, que esperara, mientras yo azotaba la puerta del auto que tu papá te había prestado y me largaba feliz, sintiendo que empezaba a librarme de ti.
Tus padres despertaron el sábado temprano. A las siete, según me dijo tu mamá, tu padre salió a pasear en bicicleta, y ella se quedó en la casa hasta el medio día cuando entró a tu cuarto a pedirte que la acompañaras al supermercado y no te encontró. Hizo las compras de la semana sola, sin preocuparse demasiado por ti. Asumió que estarías en casa de alguno de tus amigos, porque de vez en cuando desaparecías del vecindario y te alejabas de todos durante un día o dos. Pero nunca habías dejado pasar más de una noche sin dar señales de vida.
Le prometí a tu mamá que la llamaría si llegaba a saber algo. Me preocupé porque mi voz sonaba indiferente. Por suerte, esa preocupación creció hasta convertirse en angustia, y entonces sí sentí que estaba convenciendo a tu madre de que a mí también me carcomía la incertidumbre de no saber dónde estabas.
Cuando me despedí de ella me aseguré de desconectar el teléfono. No quería que interrumpiera la quietud de la primera noche en que me acostaba casi totalmente segura de que no aparecerías en mi casa de improviso. Corrí las cortinas antes de acostarme y, después de descolgarlo, me dormí con mi dibujo de insectos alados y edificaciones en forma de T sobre el pecho.
Soñé contigo de trece años, metido en un río de agua sucia que te llegaba hasta las pantorrillas. Acompañabas a una mujer parecida a Telma que sorbía el jugo de una flor de taxo y que se burlaba de ti cuando le hablabas de los gnomos que vivían bajo el agua y la arena de la orilla del río, en las raíces de las plantas.
- Los gnomos no existen, te decía, acentuando la g.
Tus papás enloquecieron. Ni tus amigos ni tu familia ni los vecinos sabían nada de ti. El lunes temprano llamaron a la policía para denunciar tu desaparición. Una oficial llegó a mi casa por la tarde, escoltada por varios de tus familiares, y nos interrogó en privado a mi padre y a mí durante dos horas sin conseguir ninguna pista. Cuando terminó, tu familia -que estuvo todo el tiempo en el recibidor- entró de inmediato a la sala con tu mamá a la cabeza. Propuso que varios helicópteros te buscaran por la ciudad; seguramente aún vestías la misma camiseta y los mismos boxers porque no faltaba nada en tu armario. Cualquier cosa podía haberte ocurrido. Tal vez habías sido secuestrado y los raptores llamarían en cualquier momento para pedir una suma que, por muy astronómica que resultase, tus papás y tus tíos ya estaban preparándose para reunir. Tal vez huiste de la casa llevando el equipaje que te proveyó alguno de tus amigos. Aunque ninguno de ellos admitía haberte visto después del viernes en la tarde, también cabía considerar que inclusive un muchacho como tú llevara una doble vida de indecencias y rebeldías ocultas, y tu familia estaba dispuesta a hacerse a la idea de que te hubieras unido a una pandilla o a un ejército subversivo. Tal vez aquella vida secreta no suponía precisamente tu afiliación a algún grupo juvenil guerrillero o religioso, sino la paternidad de alguna criatura concebida con una muchacha que no era yo, y con quien habrías fugado lejos de tu dulce dulce hogar. Tal vez la criatura en cuestión sí era mía, y tú, atolondrado por el miedo a la responsabilidad y a la presión que mi padre seguramente ejercería para que te casaras conmigo, decidiste escapar después de enterarte ese viernes por la mañana de mi embarazo. Es que de las niñas como yo se podía esperar cualquier cosa, empezaron a mascullar las miembros de tu familia, y por un momento olvidaron el pánico de creerte secuestrado o alienado por alguna ideología de moda y se complacieron en arruinar mi reputación, justificándose con lo que se dieron por llamar su genuino interés por tu futuro.
Tu madre, perturbada, finalmente me acusó de ser la principal sospechosa de tu desaparición, entre otras cosas porque mi débil apoyo a su proyecto de búsqueda aérea y mi conducta apática correspondían en su juicio a la de una culpable. Mi papá, que no decía nada porque quería hacerse pasar por comprensivo, le pasó una caja de pañuelos desechables, y mientras ella se enjugaba las mejillas tu padre se levantó de su lugar y se sentó a mi lado.
- Es que estamos desesperados mijita.
Lo mío no era apatía, aunque sí anduve bastante callada y escondiendo mis ojos tras un par de gafas oscuras que compré a los dos días. Siempre odiaste las gafas porque, me decías, no permiten ver los ojos de las personas. Ya que tú no estabas, consideré que el momento era propicio para usar lo que me diera la gana y, de paso, ocultar mi mirada de la gente por si acaso resultaba cierto ese tu cliché favorito sobre los ojos que revelan las verdades.
Los vecinos creyeron que estaba deprimida. Papá asumió que mi silencio era una mezcla de tristeza con sentimiento de culpa, y le pareció oportuno decirme que yo había sido una novia comprensiva y afortunada al darte ese tiempo aquel fin de semana y haberme salvado de ser la última en verte.
- Agradece que no tienes nada que ver.
Pero tampoco estaba triste. Me dije a mí misma que si no hablaba era porque necesitaba pensar, pero en el fondo sé que decidí callarme para guardar las apariencias. Presentí que si abría la boca iba a ser evidente que no tenía ganas de averiguar dónde estabas.
El jueves, la policía intervino mi teléfono. Afirmaron que, de haber sido secuestrado, los raptores querrían comunicarse con tu familia o conmigo, aunque creo que tu mamá tuvo bastante que ver con eso. Ella todavía sospechaba que algo había pasado entre nosotros aquel viernes además de tu pregunta sobre la película que veríamos, y tal vez pensaba que mi parsimonia se debía a que tú y yo seguíamos en contacto. Quizá también sospechaba del ofrecimiento de papá de prestarle el auto para que ella y tu padre pudieran movilizarse independientemente. Sospechaba de todos, y eso que yo no había mencionado que escuché la puerta de tu casa abriéndose el sábado a las seis de la mañana.
No me quitó el sueño saber que las llamadas que entraban y salían de mi teléfono eran escuchadas por unos cuantos policías. De hecho, luego de colgar en su sitio mi dibujo de las mariposas, he dormido bien. He soñado durante los últimos cinco días con la mujer parecida a Telma, y también contigo, que crecías cada noche unos dos años. Recién ayer alcanzaste tu edad actual, en una pesadilla en la que la mujer parecida a Telma se comportaba como tu niñera y te llevaba al mismo río, prometiéndote que encontrarían larvas de mariposas rosadas dentro de las flores de la planta de taxo de la orilla. Tú la mirabas, ansioso por quitarle una flor de los labios y probarla tú también. Ella la dejó caer al agua y te dijo que había que volver a casa antes de que los desechos hirvientes de una fábrica -de cuyo nombre sólo recuerdo la H inicial- se mezclaran con la corriente. Caminabas detrás de la mujer, siguiendo sus pasos, cuando la viste agacharse y despegar de la planta de su pie el cadáver de un gnomo que acababa de pisar. Ella continuó su camino, con el cuerpecito en la mano y contigo detrás de ella, aunque esta vez un enjambre de avecillas brillantes te perseguía sin que lo notaras. La mujer parecida a Telma cavó un hoyo en el patio de una casa y enterró al gnomo, y luego de quitárselo del cuello, puso su crucifijo de metal sobre la tumba. Los pájaros, que formaron una aureola sobre tu cabeza, te susurraron que
quitaras la cruz, que el gnomo no había muerto. Que la mujer parecida a Telma iba a ahogarte en las aguas calientes del río cuando tuviera oportunidad, y que debías desenterrar al gnomo para que la asesinara. Tú, que estabas seducido por el resplandor de las aves parlantes, desenterraste al gnomo cuando ella se fue. Lo siguiente que vi en mi sueño fue el vientre hinchado de la mujer parecida a Telma -quien ahora que lo recuerdo bien, sí era Telma- que estaba tendida en la orilla de aquel río de aguas podridas y humeantes.
Hace unos minutos, ¿tal vez horas?, estuve observándote en un sueño. Suena el teléfono una vez, dos veces, tres. Me levanto, abro las cortinas y veo el cielo nublado. La mayoría de las casas del vecindario tienen encendida la luz de alguna habitación, pero tu casa está apagada. Escucho timbrar el teléfono en tu sala.
Bajo las gradas de dos en dos, mis pies desnudos, el cuerpo frío. Cruzo la calle y golpeo tu puerta. Tampoco estás hoy, pero tu casa está abierta como todos los días esperando que regreses en cualquier momento. El teléfono ha dejado de sonar. Entro a la sala, giro hacia la izquierda y llego a tu cuarto, junto al de tus padres. Adentro está aquella plataforma de madera sostenida por las vigas de caoba roída que me dijiste que querías cambiar, y con la misma escalera al pie que sube a tu cama. Es decir, al colchón que acomodaste sobre las duelas.
Encima de las colchas están tus almohadas verdes. Un medio metro más arriba está la ventana, el pequeño canal a través del cual te conocí, un cristal por donde la luz de un mundo que no es el tuyo se filtra. Mi casa está enmarcada en ese vidrio; me apego a él y pretendo ser tú esperando mi aparición en la azotea de enfrente.
La ventana se abre. Las luces, también la del cielo, se apagan. Te oigo golpeando mi puerta a las dos de la mañana del sábado pasado y te abro despacio para no despertar a papá. Que me quieres contigo, dices, que no quieres un espacio entre los dos. Que es necesario, te digo, que te vayas, que no vuelvas, que no te quiero… Parpadeo. Debe ser el viento el que aguijonea con potencia mis oídos. No sé cuánto tiempo he estado en tu cuarto, me voy ahora porque no quiero dejar rastro de mi visita en tu ausencia. Siento tus manos cubriéndome los ojos. ¿Has estado esperando que la casa esté vacía para regresar? Me alegra sentirte presente. Te he extrañado tanto.
Suena el teléfono una vez, dos veces, tres. Abro los ojos, cubiertos sólo por mis propias sábanas, y despierto con el dibujo del pájaro colgado en la pared frente a mí. Suena el teléfono cuatro veces, cinco veces, seis.
- Aló ¡Pablo! ¿Dónde estás?

