haches y/o ces, los que me gustanSeptember 23, 2005 6:18 am

Llegará el día en que Carson duerma con Reeves y su trompeta. Será el día que ella golpee a Katy y la deje muerta.
Katy Faroles se llama su muñeca verde, casi podrida. A Katy la sentaron junto al piano, entre las cortinas, para que se enfriara y muriera, tiesa. Carson la encontró y cerró la ventana, y el agua de lluvia y el viento sin música se quedaron afuera.

-Vamos- le dijo a Katy. Aún me falta una muñeca duquesa

Katy obediente abrazó a Carson y se resbaló hasta su pierna.

-Carson- le dijo Katy-, estoy hambrienta.

Carson buscó frijoles, buscó tomates, buscó unas peras. Pero no encontró nada para saciar a la nueva duquesa. Katy se aguantó el hambre y apretó a Carson y volvió su piel negra.

-Carson- dijo de nuevo Katy-, de ti nunca me iré. Ni muerta.

A Carson no le quedaron ganas de presentarle a sus otras muñecas. En adelante engañó a Katy y le hizo creer que sí era duquesa. Y vistió faldas más cortas para que Katy no tuviera de donde aferrarse las veces en que ella se sentaba a la orilla del río a mirar los patos. Y a remojarse las piernas.

haches y/o ces, los que me gustan 6:09 am

Carson sentadita come pasas, come arvejas. Carson tiene una falda que no le cubre bien las piernas. Su camisa es la misma blanca que Reeves usará cuando se suicide -después de un concierto, su cuerpo destazado sobre unas piedras . Ella parece un niño, tiene cara de muchacho. Reeves empieza a tocar su trompeta. Carson quisiera saber leer música para escribirle cartas. Y quisiera subirle más el dobladillo a su falda y quizá cortarse un poco el pelo y dejarle en el bolsillo cuatro arvejas verdes a Reeves egoísta, el que no toca para ella.
Bajo los pies de Carson los patos nadan, son diez contentos. Ella les lanza pasas y cierra los ojos y se concentra. Adentro halla a Reeves sin su trompeta. Solo su cabello peinado, y el torso desnudo, sin camiseta. En la cabeza de Carson, Reeves vomita las arvejas.
-Te quiero Carson, pero sé que tú amas las trompetas.

haches y/o ces, los que me gustanSeptember 22, 2005 3:52 am

Frankie es una pelusa que quiere explotar mi casa. Explotar mi casa. Explotarla. Se agacha, y justo debajo de mi mesa, se aferra a las telas que envuelven mi cuerpo y se ríe. Y flota, Frankie quiere ser un chico, se encoge, da brincos. Frankie no me pertenece. Carson la puso en su caja y yo la tomé prestada. Si ella lo descubre, si sabe que yo hurgué en su caja, entonces quizá quiera darme una paliza. Frankie furiosa, Carson furiosa, ella pegó sus mejores dibujos en las paredes de su casa. Ocurre que cuando el día acaba, Carson se sienta a escuchar las lecciones de trompeta de sus amigos de fuera de la caja y casa, y deja que Frankie descanse en la hamaca que los granos de polvo le procuran entre sus cuerpos. Y Frankie suele quedarse, quietecita, aletargada en el espacio que las partículas le hacen, y no se mueve nunca, pero el reloj que tiene perdido en sus fibras sigue corriendo, y le cuenta
que Carson ha cerrado los ojos y sólo busca sonidos
que los granos de polvo son viejos, cadáveres, espectros
Y Frankie deja que el reloj se acelere, y ella vibra, y como a Carson, sólo le importa sentir el latido de sus manecillas-canciones internas. Su reloj ya no es reloj, es el dibujo de una bomba que Carson pegó en la pared para señalar el norte de su caja y casa. Y Frankie se levanta, los huesos del polvo muerto cadáver espectro se desintegran, Frankie tiene una bomba en el pecho, y yo destapo la caja y casa de Carson, y Frankie salta y se ríe y se oculta entre mis piernas. Pelusa. Carson se desintegra en el polvo de los cuadritos de sonido de la trompeta, que no vio, quietecita, partículas de chica que en el fondo quería ser chico. Ahora Frankie explota mi casa.
Y yo cuento

haches y/o ces, los que me gustanSeptember 21, 2005 4:35 am

Sentada. Las piernas abiertas sobre el suelo. El voladito del vestido sucio, los dedos manchados de fango seco. Me abres los brazos pero no me miras. Pequeña. Te vi en el monstruo que Anaïs escribió, pero ahora que he vuelto a leerla reconozco que el suyo no es tan bello… ya no te reconozco a ti en él. El óvalo que arde en medio de mis senos se pregunta por qué el calor me asfixia pero no me mueve. Por qué le siento hervir pero no busco extinguirlo.

Deshacer la pintura en mis dedos, tomar a la chiquita en mis brazos y golpearla hasta que su cabeza, como un plátano, se estrelle contra algún rincón y se quede pegada, adherida su pulpa a la superficie. Para, entonces, quitarle la faldita de tela transparente y abrirle las rodillas. (Yo te veo a ti en la literatura). Y pintar la pechera de su vestido con las puntas de mis índices, creando remolinos simétricos justo en el hueco donde está su diafragma. La niña, con los ojos cerrados y el cerebro expuesto, intentaría pensar por un momento en el color de los trazos que yo le dibujaría en las costillas. Pero su pensamiento quedaría inconcluso, sin lograr conectarse con la definición de amarillo, guardada en la fracción del hemisferio que, fuera del cráneo, habría empezado a descomponerse.
Todavía viva. (No me llames cruel. Cruel es lo que me obligas a hacer). Me acostaría sobre ella, reposando mi tórax sobre su pubis. Leyendo su aroma, tierno sudor de lodo y agua de río, de donde la saqué el primer día. Se rió, unos dedos bajo sus axilas, y aunque quiso no se quejó por los guijarros que le abrían los talones. Volvió todos los días usando la ropa que guardaba para los ratos de felicidad. El vestido blanco de la tía Lila le quedó bien después de fruncirle la cintura. Lo vestía por las mañanas, para sumergirse en las aguas poco profundas. Yo aparecí el día en que su deseo de quedarse allí toda la vida, empapada los cabellos y los calzones, creció tanto que pudo rememorarlo. Primer recuerdo, pero la obligaron a salir de todas formas. Conservó las ganas de volver todos los días, aunque las escuchó menos seguido. Yo/ella la/me llevé/llevó conmigo. Era el tiempo de nuestro amor como iguales. Vivimos juntas.

Y oler su ombligo. Inconexo. Su fragancia, mezcla de leche y heces, me recordaría las páginas que ella me sugirió escribir cuando éramos niñas las dos. (¿Vas a quererme cuando yo no sea yo misma?). Que dirían “te quiero Anaïs, te amo porque tú eres como nosotras, porque eres una nosotras crecida”
Y estirar los brazos para alcanzar sus cabellos, salpicados de trocitos gelatinosos y escarlatas, pedazos de su masa encefálica recién expuesta. Que vibrarían en las palmas de mis manos, como luces de neón que encendiéndose tratarían de decir algo, de escribir con destellos fluorescentes su verdad en las falanges de mis dedos.

Hundo el pincel en el tarro de pintura roja. Saco una gota y la mezclo con otras dos de color blanco. No bastan para lograr el rosado de tu piel. Quiero encontrar el tono de tus brazos dorados, escondidos en las sombras. Los pinceles a un lado; caen al piso. Son mis manos las que se embadurnan de tinturas color durazno, las que arden queriendo sacarte de ese rincón y mostrar-me a ti, ahora que ya no soy contigo… Pero no me miras a los ojos. Mis senos ya están marchitos, los pezones casi rozan el suelo, y ésta es la primera oportunidad que tengo de verte desde que te encerré. He vivido sin ti porque quise ser sin tu compañía. Y traté de ser lo que solo las dos juntas, tu y yo, podíamos ser. Pero no fui. Y te extrañé, pero temí que vieras que no me he convertido en Anaïs y que mi viaje diario a la cárcel exterior no valió la pena. (Espérame mientras soy alguien más). Vergüenza. Yo traté, sola, pero supe que no sería como ella después de leer su Monstruo, que nunca se igualará a ti, porque tú me perteneces. La dejé irse a ella y a su engendro, y para que tú no lo supieras, te encerré en mi guarida.

Siento tu abrazo, en mi espalda los libros que escribiste en tu encierro. Tu voz en mi cuello me explica las historias que quieres que cuente. Pequeña, no me miras a los ojos porque has perdido los tuyos. Mojado tu traje blanco, húmedos los dedos de tus pies. No dibujaré un círculo arremolinado en medio de tu pecho. Ni te golpearé hasta matarte. Confía en mí… Te recuesto. Te quito la faldita de tela transparente y cierro tus rodillas. Reposo mi tórax sobre el tuyo. No eres el monstruo que pintó Anaïs, ni yo quiero dibujarlo. Mi dedo en tu ombligo se enciende, te parte, nos afianza. Puedes salir cuando quieras.

Don’t you call me cruel
Cruel is what you are making me do

I’m at odds with me now
Would you want me when I’m not myself?
Wait it out while I’m someone else?
-John Mayer

haches y/o ces, los que me gustan 3:45 am

Si quieres a Marissa, no la encontrarás en mí.
Huelo a pastel de chocolate. El aroma sube hasta mi nariz, cierro los ojos y me acuerdo de ti. ¿Estabas nervioso? Yo intentaba no estarlo, intentaba improvisar en la marcha y construir el personaje que creía que tú deseabas que fuera.
Café en la mesa. Me contaste la historia de Marissa descubriendo a Dios (¿por ti, contigo, en ti?). Era el cuento más cursi que habías escrito pero era el que más te gustaba, me dijiste. En esa historia todas tus fantasías se materializaron: encontrabas a Marissa en la calle de una aldea remota, mientras los Stone Temple Pilots tocaban tu canción favorita y ella te miraba de frente a través de un cristal. De allí, saltabas a tus salvajes relaciones sexuales con ella; hacías que enfermara de apatía y que -teniéndote a ti como figura masculina- decidiera que creer en Dios iba a ayudarla a sentirse menos vacía.
Yo me reía por dentro. Bebía café y atacaba un empalagoso brownie con prontitud, para que las carcajadas no salieran a borbotones y arruinaran nuestra primera salida. No sé si te diste cuenta, o creíste que eran los nervios los que me hicieron cubrir la boca como si estuviera tosiendo justo cuando tú tratabas de describirme con máxima precisión a la Marissa que inventaste en tu texto: la piel de medusa, escuálida y sin sonrisa. Ofreciste mandármelo por e-mail para que lo leyera con más calma y te dijera lo que pensaba. Te dije que por supuesto, que era lo mejor porque se me había hecho tarde, que seguro iba a disfrutar mucho leyéndote.
Aunque en verdad quería quedarme y conocer más a Marissa. Así hubiera podido decirte que iba un rato al baño, utilizar ese momento para reflexionar a solas sobre sus motivaciones y regresar sintiéndome como ella. Entonces me habría sentado junto a ti para seguir atendiendo a tu historia, ya sin celos. Halagada.

Caminamos. Supongo que no teníamos más que decir. Me mirabas, ¿era tu cara de aturdimiento señal de que intuías la metamorfosis dentro de mi cabeza? Mis ideas se volvieron maleables como la gelatina, y mis ganas de reír se apagaron.
Quería pedirte tomarnos de la mano y justificar de ese modo tu silencio en la calle. Quería que Marissa fuese real, que tuvieras una foto suya en la billetera.
- Creo que sí la he visto, fue todo lo que dijiste.

En la mañana descubrí este olor en mí. Quiero hablar contigo, todavía quiero pedirte tomar tu mano, que me prestes tu cd de los Pilots y que me acompañes en este día raro en que no tengo ganas de hacer el amor.
Encuentro tu “Marissa o el origen de la fe” en mi correo. La Marissa que leo en tu texto se reúne contigo en una cafetería de la ciudad, come con deleite un pastelito negro y se burla de tu ideal femenino, sin más música de fondo que la voz destemplada de unos niños vendedores de dulces.

Quiero hablar contigo, todavía quiero decirte lo que no te dije ayer: que olvides a Marissa, que sólo existe en tu mente. Que no podrás encontrarla en mí.

haches y/o ces 3:35 am

Ha pasado una semana desde que estamos sin ti.
Ese sábado abriste la puerta principal a las seis de la mañana, lo sé porque escuché su chirrido mezclándose con las voces de mis sueños, y enseguida, el despertador que había olvidado desconectar. Veía el cuadro que pinté cuando amaba a Telma, pero ya no tenía las mariposas ni la lluvia ni la marea dentro del ojo ni los edificios en forma de T a su alrededor. Sólo quedaba el colibrí, finalmente incrustado en la pupila, y la mariposa que antes la habitaba había desaparecido seguramente digerida en el estómago del pájaro.
Abrí los ojos y encontré la pintura colgando de la pared, intacta, todavía saturada de agua e insectos. Me levanté y me acerqué a la ventana para ver si alcanzaba a saludarte a ti o a tus papás mientras salían de tu casa, pero la puerta estaba cerrada. Pensé que tal vez el chirrido era parte del sueño del colibrí repleto de mariposa, y cerré las cortinas para desvestirme.
No te llamé ese día ni el siguiente. Cuando papá, extrañado, preguntó por qué, le respondí que quería darte espacio y dejar que vivieras sin mí unas horas, porque comprendía que verme todos los días podría abrumarte. Cuando papá preguntó, no le dije que ya me estaba cansando de tus visitas inesperadas y de la bocina de tu carro taladrando el aire cada día junto a mi portón, ni le hablé de mi disgusto conmigo misma por haberme programado para correr a la ventana cada vez que escuchaba abrirse la puerta de tu casa, aún cuando quería empezar a dejarte. Papá me creyó.
El domingo por la noche sonó el teléfono. Era tu mamá. Me preguntó si sabía dónde estabas. Dijo que te había visto por última vez el viernes por la noche, vistiendo una camiseta blanca y los boxers de gnomos que te regalé el día de los inocentes. Me acuerdo que te los di en homenaje a tu confianza, porque pensé que debía ser difícil para cualquiera de tu edad admitir que, hasta que cumplió trece años, creía que esos duendes vivían en las raíces de los árboles. Aunque reconozco que siempre te fluyeron con naturalidad las historias de una infancia de la que ya empezabas a desprenderte.
Esa noche, dijo tu mamá, te quedaste enfrascado mirando un documental. No tenías ningún plan en particular, aparte de la película que posiblemente verías el sábado conmigo durante nuestra acostumbrada tarde de videos.
Le dije que no te había visto desde el viernes por la mañana, cuando me preguntaste qué película quería ver. No le conté que yo te respondí que nada, que dejáramos descansar la pantalla de tu tele por ese fin de semana. Ni le conté que fingiste que mi comentario no te ofendió, y me preguntaste qué era lo que yo proponía hacer.
- Démonos un poco de espacio, respondí, y tú, con la sonrisa despintándose de tu cara y las cejas cada vez más juntas, me dijiste que así no era como estas cosas funcionaban, que tenía que explicarte qué iba a hacer sola, que tenía que aclararte si es que iba a estar sola, que no me moviera de ese asiento, que a dónde creía yo que iba, que no te dejara con la palabra en la boca, que esperara, que esperara, mientras yo azotaba la puerta del auto que tu papá te había prestado y me largaba feliz, sintiendo que empezaba a librarme de ti.
Tus padres despertaron el sábado temprano. A las siete, según me dijo tu mamá, tu padre salió a pasear en bicicleta, y ella se quedó en la casa hasta el medio día cuando entró a tu cuarto a pedirte que la acompañaras al supermercado y no te encontró. Hizo las compras de la semana sola, sin preocuparse demasiado por ti. Asumió que estarías en casa de alguno de tus amigos, porque de vez en cuando desaparecías del vecindario y te alejabas de todos durante un día o dos. Pero nunca habías dejado pasar más de una noche sin dar señales de vida.
Le prometí a tu mamá que la llamaría si llegaba a saber algo. Me preocupé porque mi voz sonaba indiferente. Por suerte, esa preocupación creció hasta convertirse en angustia, y entonces sí sentí que estaba convenciendo a tu madre de que a mí también me carcomía la incertidumbre de no saber dónde estabas.
Cuando me despedí de ella me aseguré de desconectar el teléfono. No quería que interrumpiera la quietud de la primera noche en que me acostaba casi totalmente segura de que no aparecerías en mi casa de improviso. Corrí las cortinas antes de acostarme y, después de descolgarlo, me dormí con mi dibujo de insectos alados y edificaciones en forma de T sobre el pecho.
Soñé contigo de trece años, metido en un río de agua sucia que te llegaba hasta las pantorrillas. Acompañabas a una mujer parecida a Telma que sorbía el jugo de una flor de taxo y que se burlaba de ti cuando le hablabas de los gnomos que vivían bajo el agua y la arena de la orilla del río, en las raíces de las plantas.
- Los gnomos no existen, te decía, acentuando la g.

Tus papás enloquecieron. Ni tus amigos ni tu familia ni los vecinos sabían nada de ti. El lunes temprano llamaron a la policía para denunciar tu desaparición. Una oficial llegó a mi casa por la tarde, escoltada por varios de tus familiares, y nos interrogó en privado a mi padre y a mí durante dos horas sin conseguir ninguna pista. Cuando terminó, tu familia -que estuvo todo el tiempo en el recibidor- entró de inmediato a la sala con tu mamá a la cabeza. Propuso que varios helicópteros te buscaran por la ciudad; seguramente aún vestías la misma camiseta y los mismos boxers porque no faltaba nada en tu armario. Cualquier cosa podía haberte ocurrido. Tal vez habías sido secuestrado y los raptores llamarían en cualquier momento para pedir una suma que, por muy astronómica que resultase, tus papás y tus tíos ya estaban preparándose para reunir. Tal vez huiste de la casa llevando el equipaje que te proveyó alguno de tus amigos. Aunque ninguno de ellos admitía haberte visto después del viernes en la tarde, también cabía considerar que inclusive un muchacho como tú llevara una doble vida de indecencias y rebeldías ocultas, y tu familia estaba dispuesta a hacerse a la idea de que te hubieras unido a una pandilla o a un ejército subversivo. Tal vez aquella vida secreta no suponía precisamente tu afiliación a algún grupo juvenil guerrillero o religioso, sino la paternidad de alguna criatura concebida con una muchacha que no era yo, y con quien habrías fugado lejos de tu dulce dulce hogar. Tal vez la criatura en cuestión sí era mía, y tú, atolondrado por el miedo a la responsabilidad y a la presión que mi padre seguramente ejercería para que te casaras conmigo, decidiste escapar después de enterarte ese viernes por la mañana de mi embarazo. Es que de las niñas como yo se podía esperar cualquier cosa, empezaron a mascullar las miembros de tu familia, y por un momento olvidaron el pánico de creerte secuestrado o alienado por alguna ideología de moda y se complacieron en arruinar mi reputación, justificándose con lo que se dieron por llamar su genuino interés por tu futuro.
Tu madre, perturbada, finalmente me acusó de ser la principal sospechosa de tu desaparición, entre otras cosas porque mi débil apoyo a su proyecto de búsqueda aérea y mi conducta apática correspondían en su juicio a la de una culpable. Mi papá, que no decía nada porque quería hacerse pasar por comprensivo, le pasó una caja de pañuelos desechables, y mientras ella se enjugaba las mejillas tu padre se levantó de su lugar y se sentó a mi lado.
- Es que estamos desesperados mijita.

Lo mío no era apatía, aunque sí anduve bastante callada y escondiendo mis ojos tras un par de gafas oscuras que compré a los dos días. Siempre odiaste las gafas porque, me decías, no permiten ver los ojos de las personas. Ya que tú no estabas, consideré que el momento era propicio para usar lo que me diera la gana y, de paso, ocultar mi mirada de la gente por si acaso resultaba cierto ese tu cliché favorito sobre los ojos que revelan las verdades.
Los vecinos creyeron que estaba deprimida. Papá asumió que mi silencio era una mezcla de tristeza con sentimiento de culpa, y le pareció oportuno decirme que yo había sido una novia comprensiva y afortunada al darte ese tiempo aquel fin de semana y haberme salvado de ser la última en verte.
- Agradece que no tienes nada que ver.

Pero tampoco estaba triste. Me dije a mí misma que si no hablaba era porque necesitaba pensar, pero en el fondo sé que decidí callarme para guardar las apariencias. Presentí que si abría la boca iba a ser evidente que no tenía ganas de averiguar dónde estabas.
El jueves, la policía intervino mi teléfono. Afirmaron que, de haber sido secuestrado, los raptores querrían comunicarse con tu familia o conmigo, aunque creo que tu mamá tuvo bastante que ver con eso. Ella todavía sospechaba que algo había pasado entre nosotros aquel viernes además de tu pregunta sobre la película que veríamos, y tal vez pensaba que mi parsimonia se debía a que tú y yo seguíamos en contacto. Quizá también sospechaba del ofrecimiento de papá de prestarle el auto para que ella y tu padre pudieran movilizarse independientemente. Sospechaba de todos, y eso que yo no había mencionado que escuché la puerta de tu casa abriéndose el sábado a las seis de la mañana.

No me quitó el sueño saber que las llamadas que entraban y salían de mi teléfono eran escuchadas por unos cuantos policías. De hecho, luego de colgar en su sitio mi dibujo de las mariposas, he dormido bien. He soñado durante los últimos cinco días con la mujer parecida a Telma, y también contigo, que crecías cada noche unos dos años. Recién ayer alcanzaste tu edad actual, en una pesadilla en la que la mujer parecida a Telma se comportaba como tu niñera y te llevaba al mismo río, prometiéndote que encontrarían larvas de mariposas rosadas dentro de las flores de la planta de taxo de la orilla. Tú la mirabas, ansioso por quitarle una flor de los labios y probarla tú también. Ella la dejó caer al agua y te dijo que había que volver a casa antes de que los desechos hirvientes de una fábrica -de cuyo nombre sólo recuerdo la H inicial- se mezclaran con la corriente. Caminabas detrás de la mujer, siguiendo sus pasos, cuando la viste agacharse y despegar de la planta de su pie el cadáver de un gnomo que acababa de pisar. Ella continuó su camino, con el cuerpecito en la mano y contigo detrás de ella, aunque esta vez un enjambre de avecillas brillantes te perseguía sin que lo notaras. La mujer parecida a Telma cavó un hoyo en el patio de una casa y enterró al gnomo, y luego de quitárselo del cuello, puso su crucifijo de metal sobre la tumba. Los pájaros, que formaron una aureola sobre tu cabeza, te susurraron que
quitaras la cruz, que el gnomo no había muerto. Que la mujer parecida a Telma iba a ahogarte en las aguas calientes del río cuando tuviera oportunidad, y que debías desenterrar al gnomo para que la asesinara. Tú, que estabas seducido por el resplandor de las aves parlantes, desenterraste al gnomo cuando ella se fue. Lo siguiente que vi en mi sueño fue el vientre hinchado de la mujer parecida a Telma -quien ahora que lo recuerdo bien, sí era Telma- que estaba tendida en la orilla de aquel río de aguas podridas y humeantes.
Hace unos minutos, ¿tal vez horas?, estuve observándote en un sueño. Suena el teléfono una vez, dos veces, tres. Me levanto, abro las cortinas y veo el cielo nublado. La mayoría de las casas del vecindario tienen encendida la luz de alguna habitación, pero tu casa está apagada. Escucho timbrar el teléfono en tu sala.
Bajo las gradas de dos en dos, mis pies desnudos, el cuerpo frío. Cruzo la calle y golpeo tu puerta. Tampoco estás hoy, pero tu casa está abierta como todos los días esperando que regreses en cualquier momento. El teléfono ha dejado de sonar. Entro a la sala, giro hacia la izquierda y llego a tu cuarto, junto al de tus padres. Adentro está aquella plataforma de madera sostenida por las vigas de caoba roída que me dijiste que querías cambiar, y con la misma escalera al pie que sube a tu cama. Es decir, al colchón que acomodaste sobre las duelas.
Encima de las colchas están tus almohadas verdes. Un medio metro más arriba está la ventana, el pequeño canal a través del cual te conocí, un cristal por donde la luz de un mundo que no es el tuyo se filtra. Mi casa está enmarcada en ese vidrio; me apego a él y pretendo ser tú esperando mi aparición en la azotea de enfrente.
La ventana se abre. Las luces, también la del cielo, se apagan. Te oigo golpeando mi puerta a las dos de la mañana del sábado pasado y te abro despacio para no despertar a papá. Que me quieres contigo, dices, que no quieres un espacio entre los dos. Que es necesario, te digo, que te vayas, que no vuelvas, que no te quiero… Parpadeo. Debe ser el viento el que aguijonea con potencia mis oídos. No sé cuánto tiempo he estado en tu cuarto, me voy ahora porque no quiero dejar rastro de mi visita en tu ausencia. Siento tus manos cubriéndome los ojos. ¿Has estado esperando que la casa esté vacía para regresar? Me alegra sentirte presente. Te he extrañado tanto.
Suena el teléfono una vez, dos veces, tres. Abro los ojos, cubiertos sólo por mis propias sábanas, y despierto con el dibujo del pájaro colgado en la pared frente a mí. Suena el teléfono cuatro veces, cinco veces, seis.

- Aló ¡Pablo! ¿Dónde estás?

haches y/o ces, los que me gustan 3:35 am

-Tía Lila, ¿qué es el horizonte?
Tía Lila me respondió primero con un suspiro. Sacó un balde lleno de agua del tanque de latón del patio y se inclinó sobre él para lavarse la cara como si hubiera estado muy sucia. Después dijo:
- Es el borde de las cosas.
Se quitó la blusa mojada y el sostén, y entró a la casa a buscar ropa seca. A veces no se ponía nada durante horas, y andaba con las tetas blancas bamboleándose como si quisieran despegarse de su pecho. Yo entré detrás de ella. Me senté sobre la alfombra de la sala, justo en la parte que iluminaban los rayos del sol que atravesaban los cristales de la ventana. La miré alejarse por el corredor hasta que ya no pude distinguir su silueta de las sombras de los aparadores del fondo. Su imagen se fundía con todo lo demás en mi cabeza.
- ¿Por qué tienes senos, tía Lila?
- Di tetas, mijita.
No importó que no contestara mi pregunta. Para saber que seguía siendo ella aún en medio de la oscuridad me bastaba con oír su voz; esa voz que llegaría a pertenecerme algún día y que desde el fondo del zaguán me arrullaba roncamente: “Duerme, duerme negrita…”

- Tu abuela ha muerto- me anunció tía Lila esa tarde, mientras me ayudaba a levantarme del piso de la sala donde me había quedado dormida. Me sentó junto a ella en el sillón más grande y me abrazó mientras yo todavía soñaba. Y en mi sueño, yo estaba en el corredor de la casa y ya era una adulta gorda y parsimoniosa como tía Lila, pero cuando vi mi pecho no encontré mis senos. Entonces lloré, y la oscuridad y las sombras se volvieron de un color sepia incomprensible. Entré al cuarto de mi tía, ella estaba sentada de espaldas al espejo de su armario con el torso desnudo y una falda color verde que quemaba los ojos. Le dije:
-Tía Lila, ¡para ser cómo tú solo me faltan las tetas!
Ella se rió, sacando un enorme cuchillo de carnicero con punta de tiza de entre sus dientes amarillos, y me lo dio para que yo delimitara su silueta en el espejo.
- Esa línea es mi horizonte, mijita- dijo mientras se ponía de pie y buscaba un sostén en los cajones del armario.

- Y ¿dónde está la abuela?- pregunté cuando sentí el abrazo de tía más fuerte y desperté completamente en medio de la penumbra de las seis de la tarde.
Tía empezó a sollozar. Se cubrió la cara con las manos y me ordenó que fuera a su cuarto. Con los brazos extendidos para no tropezar, caminé en busca de su habitación, pero antes de que lograra encontrar la puerta, sus pasos retumbaron sobre el entablado. Traía una vela encendida que su respiración agitada amenazaba con apagar. Abrió la cerradura y colocó el candelabro sobre su cómoda, me tomó en sus brazos y me metió en su cama sin quitarme los zapatos.
- Ahora voy a ver a mamá. Duerme bastante, mañana tú también irás al cementerio.
Buscó en el armario un chal negro y se lo puso antes de salir. La escuché revolviendo cajones en otro cuarto, pero no conseguí dormir hasta que recordé que tía Lila nunca vistió de verde en su vida.
Abrí los ojos con la luz del día siguiente. Sabía que la abuela estaba muerta y pensé que tía había ido a su entierro. Estuve acostada largo rato, sintiendo que un nido de arañas se tejía en mi garganta sin que yo pudiera toser lo suficiente para expulsarlas, hasta que escuché un chorro de agua derramándose en el baño. Me alegró suponer que era tía Lila bañándose y salté de la cama quitándome el vestido de flores doradas en mi camino a su encuentro.
Cuando entré al cuarto donde guardábamos las toallas y los jabones, vi a tía Lila sumergida hasta el cuello en una tina llena de un líquido rojo. Sus ojos me miraron sin decir nada. Yo me quité los zapatos y los calcetines blancos para meterme con ella en el agua. Porque tenía que ser agua, sólo agua de un color alegre que tía hubiera preparado para aliviar su dolor, agua, no sangre, no su sangre. Agua.
Me acerqué a la tina y metí mis pies uno por uno. Mi tía seguía mis movimientos con los ojos anémicos. Me sumergí a su lado y apoyé mi cabeza en su hombro.
Su respiración era suave, casi imperceptible, casi nula. La abracé y quise preguntarle si la abuela estaba enterrada, pero mi voz, ya ronca, se enredó en las telarañas de mi garganta y no pude decir nada. Pensé que no era necesario molestar a tía Lila con preguntas, y me aferré a su cuerpo desnudo con más fuerza, entendiendo que el horizonte que me separaba de ella iba desapareciendo a medida que yo me hundía en el agua salada de la tina.
Bajo el agua, los contornos no existían y nada podía impedir que yo me convirtiese en tía Lila y poseyera sus recuerdos y su dolor y sus grandes grandes senos. Y bajo el agua, resolví que me quedaría en el fondo hasta que mi tía decidiera que ya era hora de levantarse y secar nuestro cuerpo.
Hasta que tía Lila decidiera.

esto no es cuento, los que me gustan 3:17 am

Hoy falté a todas las clases. Al fin y al cabo, no vine aquí a estudiar, sino a .
He terminado un texto pendiente. El mundo cada vez me parece más redondo, más viscoso. No un sólo mundo, las burbujas de cada esfera brillan verdosas entre mis manos y chorrean, se resbala el material, líquido derramado en mi cerebro y yo canto, o hago que canto. Nunca mis historias están terminadas. Es verdad que después de un cierto tiempo se me olvida que las escribí y entonces ya no soy la persona apropiada para corregirlas, y se quedan así, muñecas a medio rellenar en mi casa de escombros sin luces donde, hace un tiempo ya, nunca es de noche. Muñecas, juguetes, palabras que ya no son yo. Que en primer lugar nunca fueron yo, ni siquiera un pedazo, solo una foto tomada desde cierta distancia. La imagen la capturo desde el interior. Para definirla, me convierto en una neblina transparente que se apropia de los cuerpos inventados que viven en las fotos que tomo, y que cuento en forma de historias. Mis ojos son los de ellos, y cuento con su propia voz y su propio conocimiento. Yo soy ellos cuando los cuento. No Maccullers. Ella se queda a la mitad, observando, sin embeberse en la burbuja verde viscosa que rodea a cada muñeca. Ella no se embadurna, aunque procura que los ojos de quien lee se humedezcan con la mucosa vital de los seres que lee. Pero Carson ya esta muerta y yo no soy ella. Ni Anais. Mi Anais esta viva pero me rompió el corazón. Ella está lejos, vive en las honduras a las que yo tanto les temo, vive en soledad y sale a veces, tristísima, y se mezcla con los otros y hace que la amen, pero nunca se queda. El fondo del abismo es su lugar preferido, y yo la entiendo. La envidio. Por supuesto no se llama Anais. Por supuesto es una mujer de carne y hueso que amo profundamente pero que nunca estará conmigo. Porque nació mucho antes, porque es más sabia y más bella y más triste. Pero es su soledad lo que yo amo, y eso es algo que yo aún conservo en mí pero que aún no aprendo a manejar. Así, la soledad es eso que me acerca a Anais y sus ojos verdes distantes, que viven en la oscuridad y la luz de sus textos. Lejana. La llamo Anais porque el nombre me recuerda a la otra, a la de Miller, y a veces, leyendo los diarios de esa otra, he encontrado mis propios temas.”Anais”, el nombre, es entonces un nexo que yo he inventado para acercar a la Anais de carne y hueso a mí misma un poco más. Que no se llama Anais, no no no, pero que yo la llamo Anais porque es sencillamente muy vergonzoso amar a alguien que nunca volteara la mirada para reconocerle a uno. Anais. Y aún aquí hay un poco de vergüenza en el aire. Flotando. Amor sublimado. Que no es amor. Solo la certeza de querer alcanzarla allí donde ella vive, descalza. De conocer la burbuja de sus ojos. La que ven sus ojos. De crear la mía propia. Y la pena. El dolor de saberme cada vez más lejos, estoy en busca del fondo de un abismo nuevo, mi vida en la que me he empecinado en llegar hasta el fondo de innumerables agujeros. Hasta el fondo. Hurgar y sacar la tierra y trabajar con mi pala cabeza de muñeca hasta llegar al núcleo, al centro que arde, y comprobar que la burbuja ha sido en realidad solo el vestido de un mundo real, palpable. Estoy cavando un nuevo nicho. Profundo. Solo el recuerdo de Anais me sostiene en este esfuerzo, Anais Monstruo y Carson Frankie Mick y mi alma magullada pero viva. Mis dolores son menos pero mi curiosidad es más grande. Nada me duele, pero haber empezado a escarbar en esta nueva tierra, suavecita, pantanosa, es una especie de premonición de otro hueco en el que me voy a enterrar por algún tiempo. La superficie me es accesoria. Me gusta a veces, para tomar fuerzas. Cuando estoy allí afuera busco compañía, alguien que me acompañe en el viaje. Aun no lo encuentro. Cuando estoy afuera, buscar el alma de la gente. Ahora he vuelto aquí adentro. Sigo escarbando, el sol nunca se pone. Sigo escarbando y a veces, después de leer a Anais, siento que este también fue su camino, reconozco los senderos en sus páginas, me leo a mí misma en sus textos y entonces me doy cuenta de que quizá ella es el mapa y por eso no la olvido. Marca profunda.


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